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Sharon: La cantante, la muerte y el espectáculo


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10 de January de 2015 - 4:15 pm
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La trágica e inesperada muerte de Edith Rosario Bermeo Cisneros, conocida por sus admiradores y por el mundo de la farándula y el show como Sharon “la Hechicera”, además de las naturales reacciones de tristeza y dolor de su familiares, amigos y admiradores, tanto dentro como fuera del país, suscita reflexiones sobre la magnitud, dimensión y significación de la cobertura que los medios han prestado a este trágico acontecimiento que todos lamentamos.

Prensa, radio, televisión, redes sociales…

Un rápido repaso por los medios entre el 5 y el 7 de enero nos muestra que la muerte, velorio y entierro de la fallecida artista ocupa enormes espacios en las primeras páginas de los periódicos, aún de los más serios, largos minutos en noticieros y programas de radio y televisión y más de 257.000 menciones en Google. Una reflexión sobre ese fenómeno suscita preguntas como ¿qué fundamenta una cobertura masiva y extensa de este acontecimiento? ¿Qué significa? ¿Qué valores sociales se expresan en esa cobertura?

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Cuando hemos analizado los procesos semióticos mediante los cuales se forman y desarrollan los cultos populares, como el de María Lionza en Venezuela, Romualdito en Chile o la Difunta Correa y el Gauchito Gil en Argentina, hemos visto que varios rasgos se articulan para constituir y consolidar un imaginario social que perdura en el tiempo y que se realiza en prácticas rituales que no es exagerado llamar religiosas, si se aplica a este término un sentido amplio. Algunas de esas características ya han sido señaladas en Finol y Finol (2009): a) muerte, generalmente violenta, trágica o sacrificial; b) origen humilde, lo que facilita la identidad entre cultores e ídolos; c) heroísmo, lo que establece una ruptura entre el personaje, su vida y el decurso de la vida cotidiana; d) inocencia, una característica que atañe en especial a los niños y niñas. A menudo esas características se articulan con un proceso de “blanqueo” que conduce a resaltar las cualidades,éxitos y hechos positivos del personaje y a ignorar u ocultar sus defectos, fracasos o actos negativos.

Parte de esas mismas características se observan también en el caso de personas con conocida actividad pública, muertas inesperadamente, que, progresivamente, se transforman, en sentido estricto, en ídolos, es decir en “Imagen de una deidad objeto de culto, persona o cosa amada o admirada con exaltación” (DRAE). Es en ese proceso de transformación en ídolos donde hoy, en la sociedad del espectáculo, como la denominaba Debord (1967) intervienen, con su dinamicidad y presencia social, los medios de comunicación.

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En el caso de Sharon, como una característica adicional del proceso de elevación a los santuarios populares, los medios introducen y difunden, tomándolo de la realidad o inventándolo, un espacio de dudas, incertidumbre y confusión que alimenta la especulación, las conjeturas y teorías. Así, los titulares han usado términos y expresiones como “Aparentemente…”, “Posible femicidio”, “mar de dudas” (La Hora), “extrañas circunstancias”, “circunstancias raras” (PP El Verdadero), “un confuso accidente…” (Expreso, Últimas Noticias), “confuso hecho” (El Telégrafo). Es en ese escenario semiótico de límites equívocos y fronteras oscuras donde echa raíces la construcción de mitos y leyendas populares que a menudo se utilizan deliberadamente como pábulo de entretenimiento y distracción.

En la construcción de esos mitos y leyendas es indispensable el desarrollo de un vocabulario que inicia con términos como “diva” y “tecnocumbiera”, para luego transitar hacia otros términos como “ícono” y, más aún, hacia una espectacularización basada la singularidad y unicidad del personaje, un fenómeno que vemos en expresiones como “Nadie más que tú… Sharon” (Últimas Noticias, 05/01/2015). Ese proceso de canonización mediática que fluye y refluye desde las mesas de redacción hacia los sectores populares, hacia los fans, en este caso se apuntala en el imaginario del encantamiento que ella misma había generado gracias a su participación en el grupo “Los Hechiceros”, lo que la consagró con el nombre de “La Hechicera”, un apodo artístico que se ratificó a partir de la novela del mismo nombre en la que actuó en 2003.

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Su consagración internacional consolidó la configuración de su imagen en el país y entre los emigrantes ecuatorianos en España y Estados Unidos, una condición que solidificó su imagen como diva ya no solo local sino también internacional, un aura que sin duda contribuirá a un culto que recuerda al de Selena Quintanilla Pérez, la cantante mexicano-norteamericana asesinada en 1995, de cuya imagen mediática se beneficiaría luego Jennifer López.

Ahora bien, si la muerte de un artista es siempre alimento del espectáculo mediático cuando esa muerte es trágica e inesperada el dispositivo espectacular se activa para rellenar y, como en el caso de Sharon, saturar las grietas y los vacíos, las carencias de significación y sentido de la vida cotidiana, particularmente en sectores populares donde la supervivencia está huérfana, cada vez más, de asideros simbólicos que garanticen la adhesión a nuevos mitos e ídolos. La muerte de un ídolo, de un ícono popular, es una oportunidad para que los medios alimenten la circulación gracias un consumo simbólico en el que la muerte se convierte en espectáculo.

Por: José Enrique Finol

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